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Cómo ser diferente

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Sabía que tenía que hablar delante de una audiencia. Solo de pensarlo, sentía una presión en el esternón y empezaba a imaginar a su audiencia como si viéndola a través de una lupa, se le magnificaba.

El corazón le latía más rápido de lo normal y sentía también que el cuerpo aumentaba ligeramente la temperatura. Y era solo el principio, porque aún quedaba una semana.

Los siete días siguientes se hicieron largos. A medida que pensaba lo que iba a decir y cómo lo quería transmitir, se le ocurrían excusas que le liberaran de tener que hablar delante de esas personas. 

Y lo preparó como buenamente pudo y finalmente llegó el momento de hacer la presentación. El corazón latía más rápido, los sudores fríos caían por algunas partes de su cuerpo, las manos estaban congeladas, cuando les miraba no sabía a quién veía y al comenzar a hablar, mientras que pensaba que la voz le temblaba, sintió que alguien se apoderaba de su ser y disparó por la boca todo lo que había preparado. Pronunció su discurso casi como Rousseau afirmaba que debía escribirse una carta de amor: empezando sin saber qué decir y acabando sin saber qué había dicho.

Al finalizar, un buen amigo se acercó con ganas de respaldarle. Sabía que lo había pasado mal los días previos y quería reconocerle su esfuerzo porque a buen seguro que, como él, el resto de la audiencia no había sentido su nerviosismo.

“¡Pero sí la voz me temblaba!”, replicó.

¿Te suena? Porque puede haberte pasado en una presentación en tu empresa, ante un comité de dirección, ante un cliente o un proveedor, presentación de proyecto, una oposición, entrevista de trabajo, en clase y en otras muchas circunstancias.

La historia, habitualmente sigue de tres formas.

  1. A pesar de lo que le dijo su amigo, sentía que si quería crecer profesional y personalmente tenía que hacer algo. Y se apuntó a un curso de oratoria. Constaba de cuatro sesiones y el primer día se encontró con un grupo de personas, desconocidas ante sus ojos, y que en pocas horas pasarían a formar parte de su vida. Tenían los mismos miedos, inseguridades o dudas. Las primeras puestas en escena fueron un desastre. Tenía la sensación de que lo hacía peor que cuando se apuntó al curso. Pero a medida que fueron avanzando las sesiones, se dio cuenta de su verdadero potencial. Gracias a su esfuerzo, se dio cuenta de que era podía comunicar infinitamente mejor de lo que jamás pudo imaginar. Y a partir de ahí, no solo decidió que hablaría en público en cada ocasión que tuviera, sino que además empezó a disfrutar de su oratoria.
  2. Gente que habla en público solo cuando es necesario. Lo pasa mal antes, durante y después, pero siente la comunicación es una herramienta con la que se nace y no se puede hacer nada al respecto para mejorar. O si se puede, el precio que hay que pagar apuntándose a un curso es muy alto por lo mal que lo va a pasar en ese breve espacio de tiempo.
  3. Gente que no vuelve a hablar en público. Se limita y cualquier ocasión que tiene para ponerse ante una audiencia busca la excusa perfecta y prefiere perder oportunidades, personales y profesionales, antes de afrontar uno de los peores miedos de la sociedad occidental: glosofobia o hablar en público.

Si has llegado hasta aquí muy probablemente seas de los de la primera opción. Y creo que estás en el sitio adecuado, porque como el personaje de la historia, han sido más de 5.000 las personas a las que he asistido, apoyado y respaldado desde diciembre de 2008, cuando impartí mi primera formación a profesores de la facultad de psicología en la universidad Jaume I de Castellón.

Desde entonces, guau. La oratoria es un camino increíble que nos ayuda tanto a nivel profesional como personal. Si cuidamos el lenguaje tendremos relaciones saludables con pareja, familia y amigos.

Y, por supuesto, también en el trabajo, donde podré, a través de una buena comunicación, trabajar mejor en equipo, llegar a mis clientes, a mis proveedores, transmitir mis ideas con eficacia, lograr el ascenso…

¿Te apuntas?

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